Un primer encuentro con la historia
EL EFECTO ECO
Prólogo
Madrid · 19 de marzo de 1982 · 23:15
—Necesito un juez honrado —dijo Federico Valls.
El general retirado dejó de hacer girar su copa. Al otro lado de los cortinajes llovía sobre el paseo de la Castellana. En los tribunales militares seguía celebrándose el juicio por el asalto al Congreso de trece meses atrás; en aquel comedor privado, los cinco hombres habían convenido en no volver a hablar de tanques.
—¿Un juez honrado para qué? —preguntó el general.
Valls apoyó la mano sobre una de las cinco carpetas grises de la mesa. Cada una contenía treinta y siete páginas mecanografiadas en una Olivetti sin registro oficial. No llevaban membrete. En la portada figuraba un título: MEMORANDO ALGUCEMA. Hipótesis de estabilización institucional.
—Para que haga su trabajo.
El exsubsecretario de Justicia abrió su ejemplar. Había llegado antes de la cena y ya lo había leído. El banquero y el hombre de los servicios de información esperaron a que el general apartara la copa.
—Las encuestas dicen que los socialistas van a barrer —insistió el militar—. Un parlamento con doscientos diputados de izquierdas. ¿Y tu respuesta es poner a un juez a trabajar?
—Mi respuesta es que no se nos vea a nosotros.
Federico Valls tenía cincuenta y cuatro años y el aplomo de quien nunca había tenido que levantar la voz para que alguien le abriera una puerta. Pasó hasta la página catorce. El papel cebolla crujió bajo sus dedos.
—Si un periódico acusa a un ministro, sus votantes lo defienden. Si la acusación viene de un documento bancario, el juez tiene que comprobarla. El periódico cuenta que el juez investiga. El banco se preocupa. Los empresarios piden garantías. Y el ministro acaba explicándose ante todos ellos.
—Siempre que la acusación aguante —dijo el banquero.
—Lo suficiente.
El jurista levantó la vista del diagrama trazado con tiralíneas.
—Tres piezas reales y una conclusión falsa —dijo—. El magistrado no necesita creer la conclusión. Basta con que tenga motivos para abrir diligencias. Su sello hará el resto en la prensa.
El general abrió por fin su carpeta. Valls esperó. No le gustaba repetir una explicación cuando podía dejar que otro hombre creyera haberla descubierto solo.
—¿Y si encuentra el engaño? —preguntó el militar.
—Para entonces también estará bajo sospecha. Unos dirán que se precipitó. Otros, que lo han obligado a rectificar. La investigación continuará, pero ya no habrá un árbitro al que todos acepten.
El hombre de inteligencia miró las cinco áreas escritas en la página dieciocho: Información, Justicia, Capital, Administración, Inteligencia.
—Un eco —dijo.
Valls asintió.
—Cada uno repite lo que ha oído en otro sitio. Nadie necesita conocer la operación completa.
El banquero apartó su carpeta unos centímetros.
—La confianza también sostiene mis depósitos, Federico.
—Por eso estás aquí.
Nadie bebió. Durante unos segundos solo se oyó la lluvia.
El hombre de inteligencia cerró su ejemplar con la palma.
—Hay un fallo. Necesitas que todo ocurra casi a la vez y que a cada grupo le llegue el miedo adecuado. Tenemos dos cadenas de televisión y un puñado de periódicos. En cuanto intentes moverlos juntos se verá la costura. Hoy no puedes hacer esto.
El general miró a Valls. Esperaba una réplica, pero el anfitrión sacó su estilográfica y escribió en la portada de la copia número cinco, destinada al archivo reservado: No destruir. Valor histórico. F.V.G.
—Hoy no —concedió.
—¿Entonces por qué nos has citado? —preguntó el banquero.
Valls volvió a enroscar el capuchón. En el comedor pequeño, antes de la cena, su hijo Aurelio había dejado abierto un informe sobre redes de ordenadores. Acababa de cumplir dieciocho años.
—Porque alguien tendrá que encontrar esto cuando pueda hacerlo.
Llamaron a la puerta. El camarero anunció que el fotógrafo aguardaba en la biblioteca para dejar constancia del patronato de la fundación.
—Que pase un minuto y se marche.
Los cinco posaron junto a la chimenea. Ninguno sonrió. Tras el fogonazo, recogieron sus carpetas y salieron al pasillo, donde esperaba un muchacho alto, delgado, todavía despierto. Federico cruzó una mirada con su hijo y le indicó que subiera a dormir.
Aurelio obedeció. Antes de doblar el rellano vio las carpetas desaparecer bajo los abrigos.
Tardaría doce años en encontrar una en la caja fuerte de su padre. Y otros treinta y tres en construir la máquina.
Fin de la muestra
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